3 de enero de 1971 – Traducción Española

Mi clase hermano Carlos Mestayer me tradujo esto, ¡estoy muy agradecido! -Glenn Kaiser

3 de enero de 1971

Había llegado al punto de estar completamente destrozado a finales de año.

Y entonces, como dice el viejo dicho, “se me encendieron las luces”.

Aquel sábado por la noche había estado con mis amigos, un actor increíblemente inteligente y una cantante de folk super dulce, hasta altas horas de la madrugada.

De alguna manera logré mantenerme sobrio, no había drogas o alcohol durante casi dos semanas, pero sabía que era cuestión de tiempo. El fracaso era mi único triunfo constante.

El actor y la cantante tenían pensamientos asombrosos.  Él, en mi opinión, era un verdadero intelectual.

Ninguno de ellos se drogaba o bebían. Así que nos sentamos y comentamos temas de la vida como acostumbrábamos hacer cuando estábamos juntos.

Él era gay, ella heterosexual, yo lo que fuera según se presentara la ocasión para excitarme con algo o a través de alguien.

Lo que me pareció completamente extraño en aquella ocasión fue que uno de ellos empezó a hablar de cosas espirituales. En todos los años que los había conocido ninguno de los dos había hablado nunca de esos temas y recuerdo no haber empezado esa conversación.

De camino a casa me pensaba “¡Qué raro! ¿A qué viene todo esto?”.

Cuando llegué a casa no vi el carro de mi madre. Me dije “mmm… es domingo por la mañana mi mamá siempre está durmiendo hasta tarde con Bill. ¿Dónde estará?”.

Sam, nuestro labrador negro, se paseaba por nuestra pequeña casa y se alegró de verme, yo también me alegré.

Decidí poner Led Zeppelin a buen volumen hasta que llegara mamá. Tenía los nervios a flor de piel y estaba ansioso esperando.

Muchos “momentos espirituales” venían ocurriendo en mi vida en los meses anteriores, los recordé y estaba haciendo un gran esfuerzo por olvidarlo todo. Apagué el estéreo y me dispuse a ver el último programa de la noche en la tele.

En aquella época no había cable ni Internet, y en Milwaukee sólo había cuatro estaciones de televisión; no había programación de 24 horas al día por lo que todos los canales cerraban transmisión ya tarde todas las noches.

Me encantaba ver The Twilight Zone con Rod Serling.  Esa serie siempre era genial, rara y a menudo moralizante contra el racismo y la injusticia. Encendí aquel viejo aparato en blanco y negro y la Dimensión Desconocida comenzó a presentar otro episodio épico.

Fue la primera de varias veces (desde aquella noche) que vi la historia de un tipo que quiere lo que quiere y acaba vendiendo su alma al diablo, después muere y el diablo se lo lleva. Fin de la historia.

¡Vaya! Me quedé sentado afectado por esa narración.

Llegó el programa de cierre diario -algo que algunos de los otros canales también hacían en esa época.

Te explico, una de las cosas que hacíamos en la banda en la que estaba entonces era hacernos de mucha droga y encender la televisión justo antes de la señal de salida. Para finalizar programación el padre Gene Jacubek hablaba por cinco minutos, inmediatamente después la estación pasaba el himno nacional y cerraba transmisiones hasta las siete de la mañana del día siguiente.

Mientras el fin de transmisión estaba en la pantalla, bajábamos el sonido para poner Cheech and Chong, Firesign Theatre u otros discos de comedia para que pareciera que el padre estuviera drogado, soltando blasfemias mientras los presentes nos moríamos de risa y nos burlábamos de él.

Pero esa noche en particular no me levanté de la silla ni bajé el volumen. El padre hablaba con lógica. Lo que decía tenía mucho sentido. De hecho, me sorprendió poder entender parte de lo que decía con todo y citas Bíblicas.

La emisora cerró yo permanecí atónito, viendo el “patrón de prueba”. Finalmente me levanté y apagué el televisor.

Dirigiéndome a la cocina creo que le dije a mi perro Sam “¡Qué noche más rara! Uffff”.

Se siguieron dando situaciones en los consiguientes meses, en esos momentos tenía poco o ningún control de las circunstancias y las ideas seguían zumbando en mi mente.

Pensé “tengo que dejar de pensar en todo esto… ahhh… ¡la radio de mamá en la cocina!”.

Ella escuchaba lo más aburrido y triste que te puedas imaginar para dormir. Pero lo que escuchaba siempre era muy tranquilo, y yo quería despejar la mente.

Encendí la radio y me sorprendí al escuchar la emisora transmitía discos de jazz. “Alguien movió el dial y no fue ni mamá ni yo. ¿Qué está pasando?” Pero eso no era todo.

Entre melodías de jazz, el locutor decía “Jesús puede cambiar tu vida”.

“¡¡¡El MUNDO se volvió loco esta noche!!!” fue exactamente lo que pensé.

Ya me sentía asustado, por dos semanas había estado limpio y sobrio. ¿Un flashback? No. Ningún indicio de eso.

En el momento en que apagué la radio, oí que el coche de mamá llegaba y se detenía.

Eran alrededor de las dos de la madrugada y entró por la puerta trasera con la cara llena de lágrimas.

Dijo: “¡Glenn, el tío Gene se nos fue!”.

Su hermano favorito, el que siempre le había mostrado amabilidad y respeto, vivía a dos casas con la tía Jill. Eran personas increíbles, tranquilas, no chismosas, iban a la iglesia como nadie en nuestra familia excepto la tía Betty.

Sabía que esto era devastador para mamá y, por supuesto, para Jill y el resto de la familia en la zona de Milwaukee.

Había sufrido al menos un par de infartos, y este último resultó fatal.

Gene siempre había sido bueno conmigo y era mi “padrino”.

Mamá dijo: “Voy a pasar la noche con Jill en su casa”. Le dije: “Por supuesto, lo siento mucho mamá, ¡por favor, dile a Jill que lo siento mucho!”.

Mamá dio la vuelta a la manzana y pude oír su coche parqueando en la casa de Jill.

Se podía ver el coche desde la ventana de la cocina, me asomé y vi aparcado la carroza que se llevaría el cuerpo de mi tío a la funeraria.

De la nada me encontré diciendo “Lo siento mucho. He estado a punto de morir en varias ocasiones, he destrozado la vida de mucha gente con las drogas, el sexo y siendo un idiota egocéntrico… debería estar muerto, no tú, pobre tío. Lo siento mucho”.

La lupa de la muerte estaba ante mis ojos. Sin escapatoria. ¿Por qué estoy vivo yo y no él?

Nuestra casa estaba en completo silencio. Pero cerca de las tres de la mañana de ese domingo la puerta trasera se cerró de golpe.

No recuerdo haber saltado ni nada por el estilo, pero sí pensé: “Bueno, es probable que el diablo venga a cobrar. Será mejor que salga a su encuentro porque, de todos modos, es inevitable”. Eso era exactamente lo que estaba pensando.

Rara vez usábamos la puerta principal, así que nuestro porche trasero tenía una losa de cemento descubierta con tres escalones, un poco de césped y luego el camino de entrada de grava para el vehículo, no había garaje.

Si subías los escalones llegabas hasta una puerta mosquitera exterior, la abrías y luego encontrabas una puerta de madera maciza que daba a un porche cerrado muy pequeño donde estaba nuestra refrigeradora, había unos pocos percheros en la pared y finalmente dabas con unas gradas que bajaban al sótano.

Nuestra casa era tan pequeña que el único retrete y la ducha también estaban en el sótano, junto con la lavadora. Los tendederos colgaban por debajo del primer piso y también había un perchero de madera para secar la ropa, no teníamos secadora eléctrica.

Nuestro porche tenía una tercera puerta, también de madera maciza que daba a la cocina.

Abrí esa puerta para ir a ver al diablo y todo cambió cuando vi el periódico.

El portazo se debíó a la entrega del periódico.

Como había sido repartidor de periódicos durante varios años siempre gritábamos “¡cobro!” al llamar a las puertas para cobrar a los clientes de nuestra ruta.

Mi siguiente pensamiento fue “¡Genial! Ya puedo quitarme todo esto de la cabeza… ¡¿dónde está la sección de tiras cómicas?!”.

Después de mi último y espantoso viaje con ácido unas semanas antes, en uno o dos días había desconcertado de verdad a mi madre.

Dos veces en mi vida visité dos iglesias diferentes, eso era todo.

La primera fue una “escuela bíblica de vacaciones” de verano para niños en las afueras de Beaver Dam. Wisconsin. Yo tendría unos seis años. Unas dulces y regordetas señoras de pelo gris ofrecían transporte de ida y vuelta a la pequeña iglesia y supongo que asistí a unas cinco o seis sesiones. Todos los niños tenían que memorizar un versículo y, al repetirlo correctamente, recibían dos cosas: un pequeño bolígrafo de madera con forma de bate de béisbol y un pequeño Nuevo Testamento de Gedeón con Salmos y Proverbios.

Nunca lo leí, y acabó en el cajón de arriba de la cómoda (es decir, de los “misceláneos”) de mi madre.

Tal vez dos semanas antes de esta noche le pregunté si todavía lo tenía.

Me miró como si tuviera dos cabezas… y preguntó “¿Por qué?”. Le dije: “Es mío,  si todavía lo tienes guardado, pásamelo, por favor”.

Lo encontró y me lo dio con cara de asombro.

La segunda vez que tuve algo que ver con la religión (aparte de cuando vi un retrato de Cristo en mis alucinaciones meses antes) fue cuando un compañero del colegio que me había dado clases los sábados me pidió que le acompañara. Como no paraba de darme lata, me puse una camisa blanca y una corbatita falsa, lo único “formal” que tenía, y al cabo de unas pocas semanas me aburrí. Era extraño escuchar mucha información que no entendía, citas del apóstol Pablo y doctrina de la iglesia, según recuerdo ahora.

Una mañana de escuela dominical miré a la cruz pensando “¿Qué pasa con Él?”, me levanté y me fui y nunca volví a entrar a otra iglesia.

Tenía nueve años entonces, y mi pequeña excursión en la iglesia ocurrió poco después de que mi madre y mi padre se divorciaron.  Ella comenzó una relación con otro hombre. Eso me devastó por completo y supongo que en parte por eso me había ido con mi amigo.

Tomé el Nuevo Testamento que mamá me había devuelto, subí a mi habitación y creo que lo abrí en Mateo 24 o Marcos 13 o Lucas 21. Leí el capítulo, me asusté y tiré el Nuevo Testamento en el cajón de la mesa de noche.

Ahhh… ¡el periódico! Los cómics, ¡sí!

No pasé de la primera página. “La Asociación del Corazón dice que los infartos habían alcanzado su nivel más alto en EE.UU. desde que se llevaban registros”. Leí sobre un ciclón que mató a miles de personas en la costa de Tailandia o quizás Camboya. Había una historia sobre un hippie que golpeó a un policía o a un guardia nacional en una manifestación en el centro de Milwaukee. ¿Paz? Había muchas guerras, incluida la llamada “acción policial” de Vietnam.

¿Dónde había oído hablar de todo esto recientemente?

“Los corazones de los hombres desfallecen por el miedo, la furia de las olas, ‘paz, paz’ cuando no hay paz, habrá guerras y rumores de guerra, y entonces vendrá el fin”.

La portada de un periódico resumía lo que había leído hacía muy poco en un libro de casi dos mil años de antigüedad.

Mi labrador negro, Sam, me miraba con cara de asombro. Los perros a veces te sorprenden.

Me levanté, allí mismo, a eso de las tres de la madrugada, y dije en voz alta: “¿Quién eres? ¡SÉ que estás aquí! No entiendo qué intentas decirme. ¡No lo entiendo!”.

BUM. Quiero decir una fracción de segundo BOOM:

“Porque de TAL MANERA AMÓ Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Juan 3.16 pasó por mi mente tal vez una docena de años después de haber dejado de pensar en ello. Cayó como si una pared se hubiera derrumbado sobre mí.

Yo me derrumbé.

Antes de aquella noche no me había permitido llorar más de media docena de veces en toda mi vida. Estaba dolido, enfadado y había hecho todo lo posible por protegerme, a menudo fui muy malo con mi madre, abandoné amigos, dejé grupos musicales y a cualquier persona con la que no quisiera estar por puro por capricho.

Me quebré. En tres segundos quedé destrozado.

En ese momento acabé literalmente sollozando como un bebé, comencé a deslizar mi espalda la pared de la cocina debajo de nuestro viejo teléfono fijo, y con total asombro dije “¿Me estás tomando el pelo? ¡Soy basura, soy inmundicia! ¡Este es el trato más unilateral que jamás he oído! Yo no haría esto por mí mismo. ¡Lo que Tú has hecho no puede ser! ¡Te estoy estafando! ¿Qué quieres de mí? Esto es increíble!”

Sin exagerar. Ni ángeles, ni voz audible, ni visión. De hecho, no sentí un gran escalofrío en la nuca ni en la espalda, nada más que una profunda sensación de paz, alivio y aceptación.

El shock del siglo fue que en esos pocos segundos me di cuenta de que ahora creía en Jesucristo, que Él había muerto en la cruz por MÍ… ¡¿POR GLENN…?! Aparentemente salió de su tumba y no sólo estaba vivo, sino que estaba tocando a mi puerta en ese mismo momento. Lo había hecho en Technicolor tridimensional de forma intermitente durante esos meses al punto que ya no podía negarlo.

Si todo esto era cierto, ¿por qué habría de negarle mi vida cuando él había renunciado a la suya pensando en mí y en el resto del mundo?

Este fue el principio del fin de mis adicciones, de mi autodestrucción y de la basura que había transmitido a tanta gente debido a mi ignorancia y auto deificación.

Había jugado a ser Dios y ese Dios tenía que desaparecer.

Había conocido al Dios que ES Dios y los cambios, algunos drásticos e inmediatos, otros a lo largo del tiempo, fueron profundos, drásticos y asombrosos.

Durante los meses siguientes, mis amigos vieron en mí un cambio de vida que ninguno de ellos, y desde luego yo, creía posible.

También perdí amigos porque el Dios real se convirtió en mi Primer Amor y Mejor Amigo para siempre.

Nuevos amigos de fe, esperanza y amor me ayudaron a seguir creciendo espiritualmente y en este punto de mi vida en la tierra puedo decir que la gracia de Dios, que viene directamente de Él y a través de mi “familia para siempre” sigue siendo asombrosa.

Al asistir al funeral de Gene unos días después, nunca había experimentado una sensación tan personal de paz e incluso de alegría en un funeral. Fue tristemente fácil también notar el profundo horror y pavor en tanta gente en la sala y luego el contraste de mi tía Jill ¡que los consolaba! Le pregunté si podía acompañarla a la iglesia el domingo siguiente. Me respondió: “Estaré encantada de llevarte”, y así lo hicimos.

Ahora llevo toda una vida dando gracias y haciendo todo lo posible por vivir y compartir el amor y la verdad de Jesús por todo el mundo.

Siempre hay un principio y un final. Tu viaje, su principio y final pueden ser muy diferentes a los míos, pero se esto.

A pesar de lo que la Biblia claramente llama “pecado” nosotros (yo) TODOS hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios, del estándar y justicia de Dios.  A veces los cristianos profesantes han sido los peores ejemplos de lo que es el amor, la verdad y la gracia (favor inmerecido, misericordia).

Los cristianos SEGUIMOS a Jesús e incluso amamos a nuestros enemigos.

Yo, como muchos de nosotros, he fallado en este aspecto en muchas ocasiones.

Sin embargo, sé lo que mi vida fue y lo que habría sido sin Él y sin amigos verdaderamente piadosos y amorosos. Habría sido un desperdicio y habría acabado en tragedia.

También sé esto: la misma cantidad de sangre fue derramada en la cruz por TODOS- ¡para que “el que quiera, venga”!

¡Espero que ores (hables con Él y lo escuches), que siguas a Jesús y experimentes el amor de Dios! “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos”. Hechos 4.12

Esa palabra “salvo” en griego bíblico (sozo) significa “salvar, librar, proteger, sanar, preservar, hacer bien, ser curado”.

No hay nada más que pueda compartir, nada más esencial que pueda transmitir a quien quiera escuchar en el mundo, verdaderamente ilimitado es el océano de su amor.

-Glenn Kaiser, Chicago, 3 de enero de 2023

Advertisement

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s